viernes, 5 de mayo de 2017

EL DON INEFABLE

“¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2 Corintios 9:15).

En primer lugar el contenido de ese regalo. Dios no nos da algo, aunque procedente del sabio, infinito y todopoderoso Señor, fuese admirable. Un regalo así tiene una medida y un valor. Pudiera ser tan grande y valioso como el universo. No cabe duda que nos sorprendiera y llenaría de asombro. Pero, lo que hemos recibido no tiene dimensión ni puede evaluarse. Dios nos regaló a Su propio Hijo.  Cuando vino el cumplimiento del tiempo, el momento adecuado, permitió que el Unigénito se hiciese hombre, y ese hombre nos es entregado como regalo divino para hacer posible nuestra salvación.
En segundo lugar la preparación del regalo. No fue ocasional. No se trató de buscar algo a última hora, para cubrir una necesidad. Dios había preparado su regalo “desde antes de la fundación del mundo” (1 Pd 1:20). Cuando nada existía aún, Él determinó salvarnos. No lo hizo porque íbamos a caer en el pecado, ni porque nos perderíamos eternamente, sino por Su amor personal. Antes de que sonara el primer sea de Dios, antes que el tiempo comenzase a manifestarse, antes que los astros estuviesen en sus órbitas y el cielo pudiera verse tachonado de estrellas, antes que los ángeles alabasen, antes que dijese sea la luz, Él dijo sea la cruz. Es un regalo eterno. Dios nos dio a su Hijo conforme a Su gracia eterna.
En tercer lugar está el envoltorio de ese regalo. No es tanto la humanidad humildemente asumida de Jesús, es esencialmente una envoltura de amor. Si el regalo es eterno, así también lo que lo rodea: “Con amor eterno te he amado” (Jer 31:3). Ya estábamos en el pensamiento de Dios eternamente. No se trata de un amor de misericordia que surja por nuestras miserias. No comenzó nunca porque es eterno. Dios ama por necesidad de Su misma vida. No es amor porque ama, sino que ama porque es amor. No podemos comprender que los destinatarios seamos los que no somos dignos de ser amados por Él. Por eso el don es inefable.
Finalmente la razón del regalo. Para que estemos siempre, en todo momento y en toda circunstancia rodeados de amor. “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?” (ROM 8:35). Nada, absolutamente nada podrá impedir que el regalo de Dios sea una realidad cada día.

Oración: ¡Oh, alma mía! Tómalo, siéntelo, disfrútalo. Nada podrá separarte del regalo inefable de Dios, porque tú eres el destinatario. Amén.

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